La cercanías de Javier Cercas

El siguiente texto ha sido publicado en la edición de Julio de la Revista Alastor [http://www.alastorliterario.com/], una nueva aventura literaria emprendida junto a algunos amigos.

 

Javier Cercas

Paris september 18. File photo: spanish author Javier Cercas in Paris to promote his book. Photo by Ulf Andersen / Getty IMages 72109668UA219_Cercas

Advertencia: El siguiente texto no es una entrevista, es una crónica que reúne las impresiones y apuntes de una conversación entre el autor y dos de sus lectores, un intercambio fraterno de opiniones sobre literatura. Dicha conversación tuvo lugar en el marco del Centroamérica Cuenta, evento de indiscutible importancia en la región.

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Javier Cercas es una de las voces más importantes de la literatura en lengua española. Aclamado por la crítica, sus obras han sido leídas con entusiasmo por el gran público. Títulos como Soldados de Salamina, La velocidad de la luz y El impostor lo confirman. De visita en Managua, el calor de la noche lo obliga a refugiarse en el aire acondicionado de su hotel. Conversa con tranquilidad, con la lucidez y camaradería de un patriarca familiar. Su voz es enfática, con un marcado acento ibérico. Sin embargo –como el mismo ha confesado– no se reconoce a sí mismo como un escritor español. Nacido en Extremadura y residente desde niño en Cataluña, la consciencia de pertenecer a una tradición más grande es clara. La tradición del idioma, la del castellano. “Lo he dicho muchas veces: no soy un escritor español, sino un escritor en español”. En el ingenio de la frase se esconde una afirmación contundente: la lengua –al menos para un escritor– es la verdadera patria, el reconocimiento de una riqueza que supera los límites de las tradiciones nacionales. Es el linaje secreto al que pertenecen Cervantes y Borges, una genealogía que se extiende por ambos continentes.

Pero el tema de la lengua y las tradiciones literarias impulsan a Cercas a hablar de Urbana, Illinois; ciudad del medio oeste norteamericano donde residió durante dos años a finales de los ochentas. De esta experiencia nacerían sus novelas El inquilino y La velocidad de la luz, al igual que la certeza de haber vivido uno de los periodos más enriquecedores de su vida. Entonces es categórico: la literatura necesita del contacto con otras formas de cultura para su desarrollo, la historia de las letras lo demuestra. “La grandes revoluciones literarias siempre se han producido por contagio con otras tradiciones. Estar encerrado en la propia es una forma de pobreza total, una forma de suicidio. Esto ha diferenciado a los autores latinoamericanos de los españoles en los últimos años. Una enorme ventaja, ha sido esa.”

– Claro, el contagio de Francia y Estados Unidos. El Boom es eso.

– El Boom es eso, entonces no hay que tener miedo –da un trago a su margarita y continúa– pero siempre hay que ser crítico, rechazar lo malo y absorber lo bueno. Y claro, en Estados Unidos no todo es bueno, no todo el mundo es Faulkner.

Días atrás, durante el diálogo sostenido con otros autores invitados a Centroamérica Cuenta –entre ellos Sergio Ramírez, Gonzalo Celorio y Santiago Roncagliolo–, Cercas ya había expuesto con detenimiento la misma idea. Para este novelista y doctor en Filología Hispánica, las tres grandes transformaciones de la lengua han sido producto de esta especie de contaminación literaria. Garcilaso asume la lírica italiana a través de la influencia de Petrarca; Darío le otorga a la lengua la frescura de la estética francesa; y Borges, por último, se apropia de la gran tradición de la lengua inglesa. La mirada personal que se enriquece con la perspectiva cosmopolita. Además de esta apertura hacia tradiciones ajenas, Cercas insiste en “leer, escribir y no tener prisa por publicar” como el camino para cualquier discípulo de la escritura.

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La vergüenza de la historia – De Tierras de poniente e Insensatez.

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Es posible que entre estos dos títulos no exista ninguna relación, pero mi cerebro de lector se ha encargado de tejer algunas semejanzas: en mi imaginación las tramas dialogan y se comunican entre sí, se sobreponen a la distancia que además de temporal y geográfica se extiende al terreno lingüístico. El primero, una historia de horror centroamericana. El segundo, la locura y el cinismo del conflicto bélico vietnamita, y el salvaje exterminio de una tribu sudafricana por parte de un aventurero boer.

Se trata de Insensatez (2004) del salvadoreño Horacio Castellanos Moya (1957) y de Tierras de ponientes (1974), la primera publicación del nobel sudafricano J.M. Coetzee (1940).

portadasEn Insensatez Moya relata la labor de un periodista centroamericano, encargado de corregir más de mil cien cuartillas de informes sobre el genocidio de comunidades indígenas guatemaltecas. Una labor que lleva al protagonista y narrador al borde de la locura. A medida que transcurren las páginas salpicadas por los testimonios de los indígenas supervivientes a las masacres –testimonios cargados de imágenes y de lenguaje poético–, la paranoia y los peligros crecen. Una mirada punzante a la Centroamérica de posguerra, todavía llena de violencia e impunidad.

Por el otro lado, Coetzee desarrolla dos intensos relatos que conforman un solo cuerpo. Dos historias que extienden sus vasos comunicante a la manera de Las palmeras salvajes de William Faulkner. En la primera parte, un especialista en psicología militar sucumbe al peso de la propaganda de guerra. La relación con su mujer y el trabajo desempeñado en el conflicto vietnamita, son piezas claves de su perturbación. La segunda parte, trata del viaje y la venganza perpetrada por un colono boer en la Sudáfrica del siglo XVIII. Venganza que se traduce en el exterminio total de una aldea de nativos hotentotes. Una narración que evidencia la deshumanización del hombre civilizado.

Ambas novelas descubren con vergüenza los bajos instintos de la condición humana. La narración posee un tono compulsivo e inquietante, donde la paranoia toma la forma de un personaje más. La violencia, el miedo y la culpa se asoman en cada instante. Los personajes parecen estar bajo el asecho de la locura, luchando contra sus propios temores. Aveces la misma historia parece repetirse en ambos libros, y me recuerda el ímpetu con que el ser humano se suma a repetirla también en la vida real. Durante siglos, sin importar la época, la cultura o el continente, la violencia se ha mostrado sin complejos como parte de la historia humana. Sin duda, el lector debe de estar preparado.