La vergüenza de la historia – De Tierras de poniente e Insensatez.

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Es posible que entre estos dos títulos no exista ninguna relación, pero mi cerebro de lector se ha encargado de tejer algunas semejanzas: en mi imaginación las tramas dialogan y se comunican entre sí, se sobreponen a la distancia que además de temporal y geográfica se extiende al terreno lingüístico. El primero, una historia de horror centroamericana. El segundo, la locura y el cinismo del conflicto bélico vietnamita, y el salvaje exterminio de una tribu sudafricana por parte de un aventurero boer.

Se trata de Insensatez (2004) del salvadoreño Horacio Castellanos Moya (1957) y de Tierras de ponientes (1974), la primera publicación del nobel sudafricano J.M. Coetzee (1940).

portadasEn Insensatez Moya relata la labor de un periodista centroamericano, encargado de corregir más de mil cien cuartillas de informes sobre el genocidio de comunidades indígenas guatemaltecas. Una labor que lleva al protagonista y narrador al borde de la locura. A medida que transcurren las páginas salpicadas por los testimonios de los indígenas supervivientes a las masacres –testimonios cargados de imágenes y de lenguaje poético–, la paranoia y los peligros crecen. Una mirada punzante a la Centroamérica de posguerra, todavía llena de violencia e impunidad.

Por el otro lado, Coetzee desarrolla dos intensos relatos que conforman un solo cuerpo. Dos historias que extienden sus vasos comunicante a la manera de Las palmeras salvajes de William Faulkner. En la primera parte, un especialista en psicología militar sucumbe al peso de la propaganda de guerra. La relación con su mujer y el trabajo desempeñado en el conflicto vietnamita, son piezas claves de su perturbación. La segunda parte, trata del viaje y la venganza perpetrada por un colono boer en la Sudáfrica del siglo XVIII. Venganza que se traduce en el exterminio total de una aldea de nativos hotentotes. Una narración que evidencia la deshumanización del hombre civilizado.

Ambas novelas descubren con vergüenza los bajos instintos de la condición humana. La narración posee un tono compulsivo e inquietante, donde la paranoia toma la forma de un personaje más. La violencia, el miedo y la culpa se asoman en cada instante. Los personajes parecen estar bajo el asecho de la locura, luchando contra sus propios temores. Aveces la misma historia parece repetirse en ambos libros, y me recuerda el ímpetu con que el ser humano se suma a repetirla también en la vida real. Durante siglos, sin importar la época, la cultura o el continente, la violencia se ha mostrado sin complejos como parte de la historia humana. Sin duda, el lector debe de estar preparado.

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