Una tarde de fiesta

Hace un año fui parte del taller de narrativa de la UNAN-Managua. De esa experiencia resultó seleccionado mi texto “Una tarde de fiesta”, para ser incluido en la “Breve antología del cuento novísimo nicaragüense”. Dicha antología –cuyo título parece una broma sutil pero implacable del mismo editor– estuvo a cargo de Javier González Blandino, maestro de Flânería y Literatura.

Sin mayores pretensiones que la de un simple ejercicio de estilo, me propuse escribir un texto corto, con marcados matices de Hemingway y Carver. Y aunque está lejos de la perfección y agudeza que el artificio requiere, creo que es el mejor logrado de mis trabajos.

Enlace: a antología completa.

Una tarde de fiesta

La entrada de la casa estaba adornada con globos. Desde su cuarto llegaba la música de la radio: un sonido de otra época, pasado de moda. La señora de la casa entró en ropa interior, apenas cubierta por una toalla.

–Yesenia, la falda azul está arrugada. Hágame el favor de plancharla.

Los minutos pasaron y una camioneta se estacionó cerca de la entrada. Los primos entraron corriendo a la sala. Yesenia se sentó en la terraza, a lo lejos, observando los empaques de celofán y las bolsas de regalo.

¿Dónde está Roger? El niño no tarda en volver de clase.

Se fue a traer el queque –dijo la joven. Estaba cansada, la noche anterior apenas había dormido.

Los demás niños corrían por el patio dando vueltas alrededor de la mesa de los mayores. El centro ocupado por varias botellas de vino, una jarra de sangría y una bandeja con jamón y queso. El padre entró a la casa sosteniendo un pastel, con cinco velas sobre el decorado. Saludó a los hermanos y sacó del termo una botella de cerveza.

A ver vos muchacha, traete más hielo por favor, –se quitó los lentes de sol y tomó asiento– de paso sacás de la refri las cocas para los niños.

En el lavandero se acumulaban los platos sucios de la fiesta. Todo lo demás parecía en orden. Antes de abrir la refrigeradora, Yesenia intentó llamar de nuevo. El teléfono seguía apagado. Otra camioneta se estacionó frente a la casa y un niño vestido con ropas de karate bajó corriendo. La joven se apresuró a salir.

Llenó los vasos de gaseosas mientras los adultos felicitaban al niño. La única obligación del día: servir y ordenar, encargarse de la limpieza una vez terminada la fiesta. Varias cajas de pizzas permanecían apiladas cerca del asador. El padre, en shorts y camisa polo, abanicaba las brasas.

Volvió al banco a un lado de la terraza y vio a los niños entretenerse en los juegos del patio, correr entre los árboles con los juguetes nuevos. Las carcajadas acentuaban el dolor de cabeza. De algún modo, también se relacionaban con sus recuerdos. La madre salió de la casa arrastrando un bulto mediano, un carro de plástico y metal impulsado por electricidad. El niño subió y empezó a conducir sobre la grama, mientras los adultos disparaban fotografías.

Gracias por la visita –dijo la madre al despedir a los primos– siempre nos alegra compartir con la familia.

Después de recoger los muebles del patio y lavar los platos sucios del día, Yesenia apagó las luces del corredor y la cocina y se dirigió a su cuarto. Hacía calor y encendió el abanico. Se sentó en la cama, vio el espejo roto a un lado de la habitación, su cuerpo delgado, aún joven, desmejorado por el cansancio. Suspiró, sintió deseos de salir, pero no había ningún sitio a donde ir. Volvió a marcar el número de su marido: una voz grave y frágil respondió.

¿Y vos, por qué no me contestabas el teléfono?

No tenés por qué meterte en mi vida.

¿Has estado bebiendo de nuevo? Así te gastás todo lo que le mando a los chavalos.

Así soy yo. Aceptame como soy, ¿para qué te casás conmigo si vas andar llorando?

Quiero hablar con la niña, no me hagás perder el tiempo –la mujer apartó la vista del espejo, supo de otra presencia al otro lado de la línea.

Feliz cumpleaños hija, que Dios te bendiga, ojalá pueda llegar el próximo sábado.

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