La identidad (cultural) de mi consumo.

He sucumbido a la parafernalia mediática del evento de la comunidad de blogueros, y me he sacado de la manga una pequeña reflexión (cliché, debo admitirlo) sobre el tema en discusión: la identidad.

Empecemos dejando algo en claro, no voy a detenerme en románticas reflexiones metafísicas de identidad. De eso ya deben de haber cientos de publicaciones en el marco de este evento. En cambio, seré breve y evitaré la aburrida retórica que tanto les gusta a ustedes.

Ahora, déjenme reflexionar sobre lo siguientes: “Somos lo que comemos”. Y no se trata de un sermón de un vegetariano moralista. Si no, la (auto) formación de nuestra propia identidad de acuerdo a nuestras preferencias.

Es evidente que como individuos, algunos factores determinantes de nuestra identidad están ajenos a nuestro control (nacionalidad, familia), pero es posible elegir nuestras influencias e incluso nuestros maestros. Es decir, tengo total control de elegir lo que consumo: música, literatura, cine, etc. De escoger con sentido crítico lo bueno y lo superfluo para mi formación. Y no quiero limitarme unicamente al ámbito artístico, creo que esta premisa puede extrapolarse al ámbito humano, incluso al desarrollo de la personalidad.

Aquí se nos hace evidente (en parte) la importancia de la cultura en nuestra sociedad, ejerciendo una influencia determinante en su desarrollo. No está mal divertirse con la industria del entretenimiento (civilización del espectáculo diría el nobel Vargas Llosa), pero debemos de preocuparnos por consumir cultura (que también entretiene) y por qué no, invertir tiempo en la educación de nuestra sensibilidad artística.

Ejemplifiquemos para dejar clara la cuestión: Pensemos en un referentes artístico de nuestra vida. En mi caso Roberto Bolaño (tal vez mi escritor favorito en esta etapa), si indagamos sobre su proceso de formación, nos daremos cuenta que tiene por detrás una larga (extenuante) lista de lecturas formacionales, desde Rimbaud, Proust, pasando por Borges, hasta llegar a Nicanor Parra. Es evidente que no hubiera desarrollado su estilo, o su personalidad como escritor (o persona) de la misma manera si se hubiera dedicado a leer a Isabel Allende o Corín Tellado.

Hasta aquí creo que mi punto está claro. Podría seguir dando ejemplos y desarrollando un tratado sobre la influencia y la identidad artística, pero dije que sería breve y que le ahorraría el discurso. La reflexión está servida y ustedes son libres de elegir. Yo me voy a preparar mi almuerzo.

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