Las palabras de la muerte (un análisis estilístico de Enrique Lihn)

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Para Octavio Paz, poeta y ensayista mexicano, el acto poético es una referencia a nuestra “naturaleza original”. En el poema se crea y se revela otra realidad, un mundo ignorado y automatizado por las costumbres y el transcurso del tiempo. La poesía es la consciencia de esa extrañeza, la epifanía que muestra una realidad “encubierta por la vida profana o prosaica”. El ritmo y la imagen evocan una experiencia imposible de verbalizar, un mundo que tiende a lo inconsciente y mitológico, hacia la imaginación que refiere a nuestro propio ser. El lenguaje es intervenido y un discurso nuevo es revelado.

En término formales el discurso poético está constituído por un conjunto de estructuras que proporcionan cohesión interna y unidad al texto. Dichas secuencias podrían concebirse a nivel lingüísticos como manifestaciones del principio de recurrencia propuesto por Roman Jakobson bajo la influencia de los formalistas rusos. Estos fenómenos pueden ser sistematizados —según Samuel R. Levin— como relaciones semánticas o sintácticas denominadas couplings, emparejamientos o paralelismos. Dichos emparejamientos lingüísticas pueden ser concebidos a su vez como referencias equivalentes u opuestas. Del mismo modo el teórico francés  A. J. Greimas introduce el concepto de isotopías como un conjunto jerárquico de categorías semánticas redundantes que logran homogeneidad dentro texto.

El siguiente ensayo pretende utilizar dichas herramientas textuales en combinación con la idea revelación poética propuesta por Octavio Paz, para analizar los poemas Porque escribí y Monólogo del viejo con la muerte del escritor chileno Enrique Lihn.

Enrique Lihn (Chile 1928 – 1988) irrumpe en el panorama de la poesía latinoamericana con la publicación de su tercera obra, La pieza oscura, en 1963. Al igual que Nicanor Parra y Jorge Tellier, Lihn se rebela contra el lenguaje sacralizado y automatizado de sus predecesores. Parodia a Neruda, arremete contra la figura del poeta como pedagogo del pueblo, transforma un lenguaje mayor en uno menor. Su proyecto poético consiste, como el mismo autor afirma, en la construcción de una poesía “situada”, es decir, en la utilización de recursos narrativos y dramáticos (como el monólogo) bajo un tono confesional. La obra de Lihn transita entre los temas de la vida y la muerte, la escritura, el amor, los viajes y los museos. Su estilo se desplaza desde el hermetismo presente en la mayoría de los textos de La pieza oscura hacia formas más concretas y claras propias de la poesía conversacional en obras como Poesía de paso (1966). Los textos a analizar se sitúan respectivamente en este periodo de su producción literaria.

Porque escribí

Ahora que quizás, en un año de calma,
piense: la poesía me sirvió para esto:
no pude ser feliz, ello me fue negado,
pero escribí.

Escribí: fui la víctima
de la mendicidad y el orgullo mezclados
y ajusticié también a unos pocos lectores;
tendí la mano en puertas que nunca, nunca he visto;
una muchacha cayó, en otro mundo, a mis pies.

Pero escribí: tuve esta rara certeza,
la ilusión de tener el mundo entre las manos
—¡qué ilusión más perfecta! como un cristo barroco
con toda su crueldad innecesaria—

Escribí, mi escritura fue como la maleza
de flores ácimas pero flores en fin,
el pan de cada día de las tierras eriazas:
una caparazón de espinas y raíces

De la vida tomé todas estas palabras
como un niño oropel, guijarros junto al río:
las cosas de una magia, perfectamente inútiles
pero que siempre vuelven a renovar su encanto.

La especie de locura con que vuela un anciano
detrás de las palomas imitándolas
me fue dada en lugar de servir para algo.
Me condené escribiendo a que todos dudarán
de mi existencia real,
(días de mi escritura, solar del extranjero).
Todos los que sirvieron y los que fueron servidos
digo que pasarán porque escribí
y hacerlo significa trabajar con la muerte
codo a codo, robarle unos cuantos secretos.

En su origen el río es una veta de agua
—allí, por un momento, siquiera, en esa altura—
luego, al final, un mar que nadie ve
de los que están braceándose la vida.
Porque escribí fui un odio vergonzante,
pero el mar forma parte de mi escritura misma:
línea de la rompiente en que un verso se espuma
yo puedo reiterar la poesía.

Estuve enfermo, sin lugar a dudas
y no sólo de insomnio,
también de ideas fijas que me hicieron leer
con obscena atención a unos cuantos psicólogos,
pero escribí y el crimen fue menor,
lo pagué verso a verso hasta escribirlo,
porque de la palabra que se ajusta al abismo
surge un poco de oscura inteligencia
y a esa luz muchos monstruos no son ajusticiados.

Porque escribí no estuve en casa del verdugo
ni me dejé llevar por el amor a Dios
ni acepté que los hombres fueran dioses
ni me hice desear como escribiente
ni la pobreza me pareció atroz
ni el poder una cosa deseable
ni me lavé ni me ensucié las manos
ni fueron vírgenes mis mejores amigas
ni tuve como amigo a un fariseo
ni a pesar de la cólera
quise desbaratar a mi enemigo.

Pero escribí y me muero por mi cuenta,
porque escribí porque escribí estoy vivo.

 

En Porque escribí, el “yo” lírico asume un tono confesional, una especie de discurso teatral que reflexiona sobre la relación entre la vida y la escritura. El poeta (la voz lírica del texto, pero no el autor) se ve a sí mismo como un ser enfermo por la angustia, una víctima del dolor incapaz de sobreponerse a sus propios vicios. Estas ideas se ven reflejadas a través de una serie de reiteraciones a lo largo del texto:

 

[...] fui la víctima
de la mendicidad y el orgullo mezclados [...]”

Estuve enfermo, sin lugar a dudas
y no sólo de insomnio,
también de ideas fijas que me hicieron leer
con obscena atención a unos cuantos psicólogos [...]

Me condené escribiendo a que todos dudarán
de mi existencia real  [...]

El “yo” lírico acepta la angustia, la nombra y la asume como parte inevitable de la vida. Esta actitud es evidente a través  de ciertas isotopías relacionadas con el sufrimiento (mendicidad, crueldad, abismo, monstruos, verdugo, etc) y la enfermedad (insomnio, odio, orgullo, cólera, etc) en un sentido psicológico y existencial.

Para Lihn la existencia es una especie de locura, una ilusión en conflicto con la verdadera naturaleza del mundo. En medio de la incertidumbre la muerte es la única certeza. A través de la escritura el poeta comprende mejor esta condición, la acepta y reconoce como una perturbación inevitable. Esta afirmación se manifiesta en el texto a través de algunos couplings. A nivel formal es posible identificar reiteraciones semánticas que atribuyen a la escritura el origen de cierto tipo de revelación. 

[...] digo que pasarán porque escribí
y hacerlo significa trabajar con la muerte
codo a codo, robarle unos cuantos secretos.”

Pero escribí: tuve esta rara certeza,
la ilusión de tener el mundo entre las manos [...]”

“[...] porque de la palabra que se ajusta al abismo
Surge un poco de oscura inteligencia [...]”

En este sentido es posible reconocer en el texto algunas características del discurso metaliterario y un grupo de isotopías relacionadas a la escritura: poesía, palabras, escritura, verso. El poeta no sólo revela una experiencia y una interpretación de la realidad, sino que reflexiona sobre la literatura y la escritura misma. Para Lihn —al igual que Paz— en el texto poético se transmite un discurso que excede a la experiencia inmediata, una visión del mundo revelada a la sombra de los acontecimientos cotidianos. 

Este discurso —en apariencia apologético y sentimental en relación a la escritura— es confrontado a lo largo del texto. El autor desacraliza a la poesía y se niega a reconocer en ella una solución definitiva al sufrimiento humano. Esta postura es evidente en una serie de versos contradictorios. El “yo” lírico afirma y niega la utilidad de la poesía a través de un conjunto de paralelismos semánticamente opuestos. La escritura no cumple ninguna función, se trata en todo caso de una actividad inútil y al mismo tiempo trascendental en la vida del poeta, un oficio capaz de originar una nueva visión del mundo.

“[...] la poesía me sirvió para esto:
no pude ser feliz, ello me fue negado,
pero escribí.”

“De la vida tomé todas estas palabras
como un niño oropel, guijarros junto al río:
las cosas de una magia, perfectamente inútiles [...]”

“La especie de locura con que vuela un anciano
detrás de las palomas imitándolas
me fue dada en lugar de servir para algo.

Del mismo modo la escritura es referida como el origen de dos manifestaciones opuestas. La poesía supone un conflicto, cierta tensión entre el sufrimiento y el consuelo. Escribir es enfrentar una serie de vicios y perturbaciones humanas, admitir que el orgullo y la vanidad forman parte del oficio mismo. Pero en el acto poético se manifiesta una especie de consuelo existencial. El “yo” lírico se ve reconfortado a pesar de los padecimientos y dolencias de la vida. El autor hace uso de algunos paralelismo de orden sintáctico y semánticos para expresar esta contradicción.

Escribí, mi escritura fue como la maleza
de flores ácimas pero flores en fin [...]”

Escribí: fui la víctima
de la mendicidad y el orgullo mezclados [...]”

“[...] pero escribí y el crimen fue menor,
lo pagué verso a verso hasta escribirlo [...]”

Pero escribí y me muero por mi cuenta,
porque escribí porque escribí estoy vivo [...]”

De este modo se establece un equilibrio entre los múltiples discursos del texto. El autor utiliza estos matices para evitar el maniqueísmo y la simplificación, la victimización y la sensiblería. Este tratamiento proporciona al texto un carácter sombrío pero esperanzador. La poesía no salva pero acompaña en el dolor, desautomatiza y revela una realidad que permite soportar con estoicismo y ecuanimidad los acontecimientos desagradables de la vida.

El autor utiliza este mecanismo de oposiciones y reiteraciones a lo largo de las primeras seis estrofas del poema. Con la excepción de algunas variaciones sintácticas el artificio parece ser el mismo. La escritura, el dolor y la muerte se constituyen como la base discursiva del texto apoyada por la construcción de algunas imágenes secundarias. La mayor variación formal se observa hacia el final del texto, en la séptima estrofa. El autor utiliza una serie de nueve couplings de orden sintácticos que a su vez se encuentran asociados por oposición semántica en grupos de dos versos.  

(Los espacios entre los pares de versos son introducidos para ejemplificar mejor estos paralelismos)

“Porque escribí no estuve en casa del verdugo

ni me dejé llevar por el amor a Dios
ni acepté que los hombres fueran dioses

ni me hice desear como escribiente
ni la pobreza me pareció atroz

ni el poder una cosa deseable
ni me lavé ni me ensucié las manos

ni fueron vírgenes mis mejores amigas
ni tuve como amigo a un fariseo

ni a pesar de la cólera
quise desbaratar a mi enemigo.”

En este emparejamiento encontramos la negación y el rechazo a cierto tipo de moral burguesa. Al oponer el concepto de Dios y dioses, vírgenes y fariseos, pobreza y escritura, el poeta reconfigura sus sistemas de valores y asume una visión del mundo al margen de la construcciones sociales convencionales. En este sentido la connotación ideológica del texto puede expresarse como una crítica de los principios morales conservadores. Este artificio logra la unidad del texto y resume los puntos de vistas expuestos a lo largo del todo el poema. El “yo” lírico se rebela contra la hipocresía de la sociedad y reconoce en la escritura una experiencia liberadora. A pesar del sufrimiento la poesía ofrece al individuo la capacidad de cuestionar y de elegir. El dolor es una constante inevitable pero a través de su reconocimiento es posible tolerarlo. Esta afirmación se confirma en los versos finales que por oposición revelan el tema central la obra:

“Pero escribí y me muero por mi cuenta, 
porque escribí porque escribí estoy vivo”

 

Monólogo del viejo con la muerte

Y bien, eso era todo.
Aquí tiene la vida,
mírese en ella como en un espejo,
empáñela con su último suspiro.
Éste es Ud. de niño, entre otros niños de su edad;
¿se reconocería a simple vista?
le han pegado en la cara, llora a lágrima viva,
le han pegado en la cara.

Allí está varios años después, con su abuelo
frente al primer cadáver de su vida.
Llora al viejo, parece que lo llora
pero es más bien el miedo a lo desconocido.
El vuelo de una mosca lo distrae.

Y aquí vienen sus vicios, las pequeñas alegrías de un cuerpo       
reducido a su mínima expresión,
quince años de carne miserable;
y las virtudes, ciertamente, que luchan
con gestos más vacíos que ellas mismas.
Un gran amor la perla de su barrio
le roba el corazón alegremente
para jugar con él a la pelota.

El seminario, entonces,
le han pegado en la cara, Ud. pone la otra;
pero Dios dura poco, los tiempos han cambiado
y helo aquí cometiendo una herejía.
Véase en ese trance, eso era todo:
asesinar a un muerto que le grita: no existo.
Existen Marx y el diablo.

Recuerde, ese es Ud. a los treinta años;
no ha podido casarse
con su mujer, con la mujer de otro.
Vive en un subterráneo, en una cripta
de lo que se le ofrece, sin oficio,
esqueléticamente, como un santo.
Del otro mundo viene ciertas noches
a visitarlo el padre de su padre:
-Vuelve sobre tus pasos, hijo mío, renuncia
al paraíso rojo que te chupa la sangre.
Total, si el mundo cambia a cañonazo,
antes que nada morirán los muertos.
Piensa en ti mismo, instala tu pequeño negocio.
Todo empieza por casa.

Mírese bien, es Ud. ese hombre
que remienda su única camisa
llorando secamente en la penumbra.
Viene de la estación, se ha ido alguien,
pero no era el amor, sólo una enferma
de cierta edad, sin hijos, decidida a olvidarlo
en el momento mismo de ponerse en marcha.
Ud. se pone en su lugar. No sufre.

¿Eso era el amor? Y bien, sí, era eso.
Tranquilo. Una mujer de cierta edad. Tranquilo
Mírela bien. ¿Quién era? Ya no la reconoce,
es ella, la que odia sus calcetines rotos,
la que le exige y le rechaza un hijo,
la que finge dormir cuando Ud. llega a casa,
la que le espanta el sueño para pedirle cuentas,
la que se ríe de sus libros viejos,
la que le sirve un plato vacío, con sarcasmo,
la que amenaza con entrar de monja,
la que se eclipsa al fin entre la muchedumbre.

Y bien, eso era todo. Véase Ud. de viejo
entre otros viejos de su edad, sentado
profundamente en una plaza pública.
Agita Ud. los pies, le tiembla un ojo,
lo evitan las palomas que comen a sus pies
el pan que Ud. les da para atraérselas.
Nadie lo reconoce, ni Ud. mismo
se reconoce cuando ve su sombra.
Lo hace llorar la música que nada le recuerda.
Vive de sus olvidos
en el abismo de una vieja casa.
¿Por qué pues no morir tranquilamente?
¿A qué viene todo esto?
Basta, cierre los ojos;
no se agite, tranquilo, basta, basta.
Basta, basta, tranquilo, aquí tiene la muerte.

 

El artificio que rige la construcción de el Monólogo del viejo con la muerte es una especie de desdoblamiento de la voz poética. El viejo y la muerte son al mismo tiempo hablante e interlocutor, emisor y receptor. El “yo” lírico recuerda los acontecimientos de su vida a través de la voz reveladora de la muerte. Este procedimiento desemboca en un juego de espejos: la muerte no es un personaje independiente sino que forma parte de la naturaleza misma del individuo. El discurso del emisor es el mismo discurso del receptor. 

A lo largo del texto el “yo” lírico se reconoce en una serie de episodios concretos. La imagen del pasado se proyecta hacia el presente. A nivel formal esta consciencia personal se evidencia a través de un conjunto de emparejamientos sintácticos y semánticos relacionados con los verbos ver y mirar:

“Aquí tiene la vida,
Mírese en ella como en un espejo, [...]”

“Mírese bien, es Ud. ese hombre
Que remienda su única camisa  [...]”

“Tranquilo. Una mujer de cierta edad. Tranquilo
Mírela bien. ¿Quién era? Ya no la reconoce  [...]”

“Vease en ese trance, eso era todo:
Asesinar a un muerto que le grita: no existo [...]”

El sujeto se identifica con los hechos y observa en ellos el transcurso de la vida. Los episodios se desplazan en orden cronológico desde la infancia a la vejez. Es en este punto —después del devenir inevitable de los días— donde la vejez sugiere una especie de transformación física y psicológica. Esto se revela en un grupo couplings que a nivel semántico se oponen a la idea de reconocimiento expuesta en otros emparejamientos. 

“Y bien, eso era todo. Véase Ud. de viejo
Entre otros viejos de su edad,  [...]”

Nadie lo reconoce, ni Ud. mismo
Cuando ve su sombra  [...]”

La idea del sufrimiento es una constante a lo largo del poema y es posible identificarla por medio de algunas isotopías relacionadas a los vicios, la angustia, la pobreza y la muerte.

 

Vicios Angustia Pobreza Muerte
Vicios

Herejía

Trance

Diablo

Subterráneo

Cripta

Penumbra

Abismo

Enferma

Plato vacío

Calcetines rotos

Vieja casa

Cadáver

Muerto

Lágrima

Miedo

Sombra

 

En este sentido el autor sugiere una vida transitada por la humillación y el dolor de las circunstancias externas. El sujeto se ve obligado a soportar con cierto grado de estoicismos el sufrimiento ocasionado en su relación con los demás. 

Le han pegado en la cara, llora a lágrima viva,
 Le han pegado en la cara [...]”

Le han pegado en la cara, Ud. pone la otra [...]”

La idea de humillación se refleja con mayor claridad en un grupo de versos relacionados a la convivencia en pareja. El autor utiliza como recurso una serie de enumeraciones para reflejar la naturaleza conflictiva del amor y sus innumerables matices. El número de estas reiteraciones de orden sintáctico y semántico sugiere la importancia de esta experiencia y enfatiza la crueldad de la que el “yo” poético ha sido víctima a lo largo de su vida.

“[...] es ella, la que odia sus calcetines rotos,
la que le exige y le rechaza un hijo,
la que finge dormir cuando Ud. llega a casa,
la que le espanta el sueño para pedirle cuentas,
la que se ríe de sus libros viejos,
la que le sirve un plato vacío, con sarcasmo,
la que amenaza con entrar de monja,
la que se eclipsa al fin entre la muchedumbre.”

 

La estructura del poema está basada en un conjunto de escenas ordenadas en forma cronológica. Dicha secuencia sugiere el tránsito y el cambio inevitable de la experiencia humana. En medio del caos y la incertidumbre, de la búsqueda constante de reposo, se introduce un leve contrapunto con la utilización de una isotopía referente a la virtud. Es posible encontrarla en palabras como: virtud, vida, alegría, santo, paraíso.

El texto encuentra su unidad en la última estrofa. El “yo” poético, ya anciano, reconoce su propia vejez y el fin próximo de su vida. Desde la distancia temporal surge una nueva consciencia y una perspectiva desautomátizada de la experiencia. 

Y bien, eso era todo.
Aquí tiene la vida, [...]”

Y bien, eso era todo. Véase Ud. de viejo
entre otros viejos de su edad [...]”

“Véase en ese trance, eso era todo:
asesinar a un muerto que le grita: no existo [...]”

Esta nueva aproximación a los hechos origina cierta ecuanimidad, la aceptación paciente del sufrimiento y del miedo. La cercanía de la muerte provoca en el “yo” lírico una relativa calma. El dolor no parece tan amenazador si el individuo observa la brevedad e impermanencia de la vida. 

“¿Por qué pues no morir tranquilamente?
¿A qué viene todo esto?
Basta, cierre los ojos;
no se agite, tranquilo, basta, basta.
Basta, basta, tranquilo, aquí tiene la muerte.”

De esta manera, después de analizar algunos de los fenómenos estilísticos y poéticos presentes en estas obras, es posible concluir que ambos textos comparten temas como la angustia, el sufrimiento, la vida y la muerte. Estos motivos originan una especie de tensión dramática a lo largo del texto que se ve confrontada por una visión más esperanzadora. Lihn sugiere una especie de consuelo revelado a través de la palabra y la aceptación de la condición humana. 


Las batallas

Después de algunos años he regresado a mis antiguos discos de Café Tacvba. Me encuentro solo en mi cuarto y recuerdo al joven que fui. Me veo caminar por Carretera a Masaya en dirección a la parada del bus, escuchar hasta el cansancio las mismas canciones en mis audífonos. Mientras recorro las calles, observo e intento retener algunas imágenes: las tiendas de Camino de Oriente y sus estacionamientos vacíos, la vegetación seca del boulevard, el sol que resplandece sobre el asfalto, etc.

Recuerdo un tema en específico, la historia de Carlos y Mariana narrada en “Las batallas”. Una canción cuya letra recrea una de las historias más importantes de la literatura mexicana del siglo XX, la novela Las batallas en el desierto, de José Emilio Pacheco. El narrador, ya maduro, vuelve a su infancia, a las calles y canciones que conforman su pasado. Se trata del primer desamor, el encuentro con una serie de fracasos que conformarán sus días. Entonces me veo en la sala de mi casa, de noche, mientras leo de un solo tirón las páginas de la novela. Pienso en la alegría y en la tristeza de ese descubrimiento, en el asombro de reconocer algunos versos transcritos en la canción. Se trata de una doble cita. El autor utiliza la letra de algunos boleros para construir una atmósfera nostálgica. Trabaja con la memoria, con el uso del pasado como artificio.

Por alto que esté el cielo en el mundo

por hondo que sea el mar profundo […]

Entonces, como si de un acto de ósmosis se tratase, me reconozco recreando el mismo procedimiento. El mecanismo por el cual ciertos elementos del pasado provocan la intervención de algunos recuerdos. Camino por Managua al igual que el personaje recorre las calles de su colonia en la Ciudad de México, escucho con cierta alegría los discos de mi adolescencia, etc. Después de intuir una serie de ideas me sorprendo del origen de esta experiencia, de los fragmentos que conforman nuestra educación sentimental.

 

II

Un par de amigos me invitan a ver Roma. Los acompaño a la sala de cine, sin embargo, ya hemos visto la película. Nos impulsa la curiosidad, algunas inquietudes todavía no resueltas, la oportunidad de apreciar la fotografía en pantalla grande. Semanas atrás otro amigo, un poeta y fotógrafo aficionado, me comentó con notable entusiasmo la belleza de algunas escenas. La disfruté y me conmoví sin mayores pretensiones. Me mantuve al margen del debate que provocó entre algunos espectadores y me dediqué a continuar con mi vida.

En la sala de cine, sin embargo, la experiencia se vuelve alucinante. En varias ocasiones me encuentro al borde del llanto. Conozco la trama, espero sin sorpresa ciertos giros narrativos, pero la violencia con que se proyectan las imágenes termina por sobrepasarme. Cedo, me muevo tenso sobre la butaca, escucho, un poco confundido, los sollozos de una mujer en la misma sala. Experimento el hecho estético, pero también reflexiono sobre ciertos aspectos de la vida.

No recuerdo haberme conmovido tanto la primera vez que vi la película. Salimos del cine y mis compañeros me confiesan haber llorado. Estamos un poco agitados y necesitados de cervezas. Durante los días siguientes vuelvo a evadir el debate, las constantes discusiones entre sus admiradores y detractores.

 

III

Sábado a mediodía. Navego en varios sitios de internet y descubro con agrado una publicación reveladora. Una revista especializada en periodismo cultural promueve un paseo por la colonia Roma, una caminata a los sitios mencionados en la novela de José Emilio. De golpe, tomo consciencia de una serie de asociaciones. El protagonista del relato recorre el mismo vecindario donde se desarrolla la película. Tanto el novelista como el cineasta recurren a un conjunto de imágenes del pasado, a la infancia y a los recuerdos como materia prima de la ficción. Vuelvo a escuchar la canción de Café Tacvba y todo me parece parte de lo mismo: el cine, la literatura y la música como artefactos para medir mi vida.

Pienso en esta capacidad para relacionar elementos de distintas fuentes. La experiencia es ajena al contexto. Un grupo de críticos rusos de inicios del siglo XX acuñaron el término “desautomatización” para referirse al cambio de perspectiva que experimenta un individuo con relación a la realidad. El mundo continúa inmutable, pero se percibe de otra forma. Bastó una canción para poner en marcha ciertos procesos relacionados con la memoria. Recordar no significa volver a vivir, sino construir nuevas experiencias basadas en los individuos que somos ahora.


El regreso

Es de madrugada y el viento sopla desde el lago. El oficial atraviesa Reparto San Juan y disminuye la velocidad frente al semáforo en rojo, observa a ambos lados y gira en dirección al este. El ronquido de la moto oprime su cabeza: ha sido una jornada larga, las molestias del cuello se han convertido en un dolor incómodo. Desde el retrovisor distingue la silueta del colegio y las lámparas sin brillo del bulevar. Peor que a un perro, comenta para sí mismo, todavía molesto por la forma de distribuir el dinero. A los lejos observa un vehículo cruzar sin prisa la intersección. Aún en marcha, escucha el bamboleo de la carrocería. Estos tipos nos desprecian como a perros. Piensa en los inconvenientes del método, en el mecanismo por el cual él y su pareja dividen el excedente de efectivo. Dirige un par de órdenes a la camioneta y el vehículo se detiene a un costado de la calle. Neneques, dice por última vez, neneques hijos de burgueses.

 

El conductor es un hombre adulto, entre cuarenta y cinco y cincuenta años, flaco, ojeroso. Viste de verde y corbata roja, una camisa desteñida algunas tallas más grande.

 

–Permítame sus documentos, por favor –el sub-inspector apoya el cuerpo sobre la carrocería y advierte el perfil de una joven en el asiento del copiloto.

–¿Todo bien oficial?, ¿algún problema? –pregunta el hombre. El agente evalúa la situación, inquieto, examina a la joven: una muchacha morena y tímida, con la mitad del pelo sobre la cara.

–Revisión de rutina –responde, a la espera de un pretexto que valga la pena.

–¿Es usted cristiano, oficial?

La pregunta lo incomoda. Sin responder, comprueba los documentos. El rostro del conductor le desagrada: su palidez y las marcas del acné. El oficial estudia a la joven e intenta deducir su edad. La delgadez de su cuello lo confunde.

 

–¿Ha leído usted la palabra? –insite. El oficial reconoce sus gestos, su voz débil e intranquila; un discurso ensayado, repetido hasta el cansancio en radios y plazas. Sólo te hace falta temblar, piensa. El hombre toma un atado de panfletos bíblicos y lo sostiene sobre el pecho. Te asustás, te ponés nervioso cuando la quedo viendo.

 

–Por favor baje del vehículo –ordena sin perder la calma. La atención del agente se dirige hacia la jóven.

 

–Déjeme hablarle de la palabra –dice el hombre. El oficial siente deseos de golpearlo, de sujetar su cuello contra el asiento. Lo imagina gritar, quejarse del dolor frente al volante. Una serie de puñetazos sólidos y rápidos: sangre, lágrimas, cartílagos rotos– tenga, llévese una de nuestras revistas…

 

–Vamos, no compliquemos las cosas, salga del vehículo –interrumpe el oficial. La voz fatigada y distante, el cuello y los hombros rígidos.

 

El hombre deja los panfletos sobre el tablero y abre la puerta. El oficial se acerca a la camioneta e inspecciona la cabina. De cerca, la muchacha le parece aún más joven. La observa en silencio por algunos segundos, indeciso, su edad le resulta indescifrable. Escucha al hombre preguntar si todo está bien. Lo imagina sobre la acera, angustiado, los brazos cruzados sobre el pecho, una de sus manos sobre la barbilla. Ni siquiera tengo que preguntar, piensa, se está jodiendo solo.

La frescura del viento tranquiliza al oficial. Por primera vez en muchas horas siente hambre. Escucha de nuevo la voz del hombre y sin interesarse por sus palabras le ordena que vuelva al vehículo. Está cansado, tan aburrido que desea no inspeccionarlo. Saca una libreta del chaleco y copia los datos de los documentos. Piensa en los inconvenientes del caso. Comportamiento sospechoso pero sin pruebas, escribe. Imagina la estación vacía, el escritorio desordenado de su superior a un costado de la oficina. ¿Pero desde cuándo importan las pruebas?. Sabe que podría insistir y lograr algo. En estas circunstancias y a esta hora cualquier cosa es algo. Piensa en el tedio de las secretarias y en las miradas burlonas de sus compañeros. Informes, testimonios, declaraciones. No serviría de nada, piensa, nunca sirve para nada. Observa el rostro del conductor, intranquilo e impaciente a través de la ventana. Le gustaría acercarse y romperle la cara, hablar con su acompañante por algunos segundos. Dudoso acerca de los procedimientos decide esperar, reflexionar con calma sobre las consecuencias. No vale la pena, con estos tipos no vale la pena. El dolor de cabeza y el hambre lo distrae.

 

La madrugada empieza a aclarar en dirección a la rotonda. El oficial piensa en los minutos de descanso perdidos y en el doble turno de fin de semana. ¿Qué le dirá a su madre y a su hijo cuando regrese a la estación en unas cuantas horas?. ¿Cómo ignorar las humillaciones del comisionado, las miradas de desprecio y miedo de los conductores?.

 

Señor, voy a proceder a trasladarlo al distrito dice el agente, con la seguridad de una frase repetida con frecuencia.

Seamos razonables, por favor.

Procedemos a realizar una prueba de alcoholemia y a tomar su declaración. No se preocupe, no es nada, usted sabe a lo que me refiero.

Soy un hombre respetable, oficial. Ayúdeme y Dios se lo recompensará.

 

*

 

Dos vehículos se detienen al otro lado de la calle. El oficial vigila la intersección y advierte al hombre de mantener la calma. Permanece de pie a un lado de la motocicleta, a la espera del momento oportuno. La luz del semáforo cambia a verde y los vehículos continúan sus recorridos. El agente extiende el brazo a través de la ventana y devuelve los documentos. El roce con la manos del hombre le produce asco, el contacto con su piel húmeda y fría. Lo observa por última vez. Un poco más y te ponés a llorar, piensa. La camioneta se aleja con rapidez. El oficial revisa sus bolsillos y extrae de nuevo la libreta. Repasa lo que ha escrito y sin cuidado arranca la página.

 

Conduce a lo largo del bulevar, en dirección a la rotonda. Observa las oficinas de la Lotería Nacional con sus luces y decoraciones de fin de año. A pocas cuadras de la estación de distrito, el oficial se detiene en una gasolinera. Entra a la tienda de servicio y camina sin prisa por los pasillos. Frente a los exhibidores de alimentos un grupo de adolescentes preparan sopas instantáneas. Neneques, buenos para nada. El olor a café lo reconforta. Piensa de nuevo en su hijo y en su madre, en la cena que todos los años preparan los vecinos. Se acerca al mostrador y ordena un servicio de pollo frito. Las risas de los jóvenes se escuchan con más fuerza. Inútiles, llorones. Uno de los empleados regresa al mostrador con una bolsa acartonada. El oficial inspecciona el interior y paga la orden, satisfecho, cuenta de nuevo el dinero; esconde con cuidado el paquete dentro de su bolso y sale al estacionamiento. Empieza a amanecer y los primeros buses transitan vacíos a ambos lados de la calle. Neneques de mierda, la próxima vez los jodo a todos.


Una tarde de fiesta

La entrada de la casa estaba adornada con globos. Desde su cuarto llegaba la música de la radio: un sonido de otra época, pasado de moda. La señora de la casa entró en ropa interior, apenas cubierta por una toalla.

–Yesenia, la falda azul está arrugada. Hágame el favor de plancharla.

Los minutos pasaron y una camioneta se estacionó cerca de la entrada. Los primos entraron corriendo a la sala. Yesenia se sentó en la terraza, a lo lejos, observando los empaques de celofán y las bolsas de regalo.

–¿Dónde está Roger? El niño no tarda en volver de clase.

–Se fue a traer el queque –dijo la joven. Estaba cansada, la noche anterior apenas había dormido.

Los demás niños corrían por el patio dando vueltas alrededor de la mesa de los mayores. El centro ocupado por varias botellas de vino, una jarra de sangría y una bandeja con jamón y queso. El padre entró a la casa sosteniendo un pastel, con cinco velas sobre el decorado. Saludó a los hermanos y sacó del termo una botella de cerveza.

–A ver vos muchacha, traete más hielo por favor, –se quitó los lentes de sol y tomó asiento– de paso sacás de la refri las cocas para los niños.

En el lavandero se acumulaban los platos sucios de la fiesta. Todo lo demás parecía en orden. Antes de abrir la refrigeradora, Yesenia intentó llamar de nuevo. El teléfono seguía apagado. Otra camioneta se estacionó frente a la casa y un niño vestido con ropas de karate bajó corriendo. La joven se apresuró a salir.

Llenó los vasos de gaseosas mientras los adultos felicitaban al niño. La única obligación del día: servir y ordenar, encargarse de la limpieza una vez terminada la fiesta. Varias cajas de pizzas permanecían apiladas cerca del asador. El padre, en shorts y camisa polo, abanicaba las brasas.

Volvió al banco a un lado de la terraza y vio a los niños entretenerse en los juegos del patio, correr entre los árboles con los juguetes nuevos. Las carcajadas acentuaban el dolor de cabeza. De algún modo, también se relacionaban con sus recuerdos. La madre salió de la casa arrastrando un bulto mediano, un carro de plástico y metal impulsado por electricidad. El niño subió y empezó a conducir sobre la grama, mientras los adultos disparaban fotografías.

–Gracias por la visita –dijo la madre al despedir a los primos– siempre nos alegra compartir con la familia.

Después de recoger los muebles del patio y lavar los platos sucios del día, Yesenia apagó las luces del corredor y la cocina y se dirigió a su cuarto. Hacía calor y encendió el abanico. Se sentó en la cama, vio el espejo roto a un lado de la habitación, su cuerpo delgado, aún joven, desmejorado por el cansancio. Suspiró, sintió deseos de salir, pero no había ningún sitio a donde ir. Volvió a marcar el número de su marido: una voz grave y frágil respondió.

–¿Y vos, por qué no me contestabas el teléfono?

–No tenés por qué meterte en mi vida.

–¿Has estado bebiendo de nuevo? Así te gastás todo lo que le mando a los chavalos.

–Así soy yo. Aceptame como soy, ¿para qué te casás conmigo si vas andar llorando?

–Quiero hablar con la niña, no me hagás perder el tiempo –la mujer apartó la vista del espejo, supo de otra presencia al otro lado de la línea.

–Feliz cumpleaños hija, que Dios te bendiga, ojalá pueda llegar el próximo sábado.


Escribir, según RF.

El diccionario dice que escribir es representar o expresar, relatar, transmitir por medio de la lengua escrita, componer, redactar, desarrollar la obra literaria: cuento, novela, libro, etcétera.

Eso es lo que dice el diccionario. Sin embargo, escribir es algo más que eso, es urdir, tejer, zurcir palabras, no importa si es una receta médica o una pieza de ficción. La diferencia es que la ficción consume cuerpo y alma. La poesía también podría incluirse aquí, si los poetas no tuvieran pacto con el diablo.

El narrador mientras mejor es, peor le va, sufre más, después de algún tiempo no soporta el ahogo. Los más sensatos, si es que podemos llamar sensatos a esos individuos -ya dije que todos los escritores están locos-, los que conservan algún juicio, que son pocos, desisten en el auge de su carrera, dicen BASTA, para desesperación de sus admiradores.

Los demás, cada vez más desesperados por esa insana actividad, se tiran a las drogas o se suicidan.

¿Y yo qué voy a hacer?

Este debía ser el tema de un poema, pero no tengo pacto con el diablo.

Amalgama, Rubem Fonseca


Apuntes sobre la obra de Padura.

En mayo de 2017 intenté sin éxito conversar con Leonardo Padura con el fin de escribir un texto para Álastor (un trabajo similar a nuestra experiencia junto a Javier Cercas en la edición del CAC 2016).

Luego de su negativa Padura ofreció responder un correo electrónico con algunas preguntas. Aunque nunca esperé un desenlace positivo, no podía dejar de intentarlo. Aquí reproduzco de forma integra dicho correo, es decir, unos cuantos lugares comunes y reflexiones personales sobre su obra.

*

El nombre de Leonardo Padura se relaciona con frecuencia a términos como relato policial o novela histórica. Una lectura más atrevida parece revelar un artificio mayor: detrás del andamiaje construido por la trama y las convenciones formales se sostiene un relato paralelo y universal: las obsesiones de un hombre por la ciudad en la que vive, el paso del tiempo, el envejecimiento, el fracaso de una generación. Esto me hace pensar que más allá del placer de una buena historia se esconde la intención de narrar una atmósfera compleja y desencantada. ¿La identidad del asesino es irrelevante?, ¿lo que realmente importa es su contexto y la sociedad en dónde ocurren los hechos?.

Inquieta también el abordaje de la realidad y la ficción en su obra. Usted mismo ha manifestado la voluntad de escribir novelas sometidas al más minucioso rigor histórico. Durante la lectura de la memoria de José Maria Heredia (incluida, de más está decirlo, en “la novela de mi vida”), bajé la guardia y consideré en todo momento su contenido como digno de confianza. Esta complicidad es, creo yo, ajena a las biografías. El lector entra en el juego de la subjetividad del relato, en una serie de pequeños detalles que acercan la historia de grandes hombres a su ordinaria vida. ¿Es ésta una de sus motivaciones al abordar personajes históricos?, ¿se trata de la búsqueda de la subjetividad en medio de la dureza de la realidad?, ¿existe el mismo placer en la investigación que en la escritura?, ¿sus lecturas se reducen entonces en materiales útiles para sus proyectos?.

Por otro lado usted se ha definido como un hombre independiente, un no militante lejos de cualquier fanatismo. Esto parece intuirse en una obra llena de matices y escalas de grises. La complejidad de la sociedad representada en sus escritos lo evidencia. ¿Esto la convierte, paradójicamente, en literatura comprometida?, ¿no con causas políticas o sociales, sino con sí misma y con la realidad de su autor?


Centroamérica Cuenta: mi día.

Texto publicado en el sitio oficial del CAC 2017 sobre mi cobertura como crónista el martes 23 de Mayo.

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Es martes por la mañana y un grupo de personas ocupan los asientos del Teatro Bernard-Marie Koltés de la Alianza Francesa. Se apagan las luces e inicia la proyección de un filme. Imágenes en blanco y negro, sonidos de cañones, jóvenes combatientes del bando republicano. Se trata de Espoir, sierra de Teruel, una mítica película sobre la resistencia anti fascista durante la guerra civil española. Una obra escrita y codirigida por el escritor francés André Malraux, basada en su novela Esperanza (1937). Malraux, que junto a Albert Camus es uno de los escritores franceses homenajeados en la V edición del festival Centroamérica Cuenta, relata un episodio de sus años como aviador dentro de las filas del ejército republicano. Otra vez la vida, la literatura y el cine desdibujan sus fronteras. Una relación que desde sus inicios ha inquietado a cineastas y escritores reflejada en el ciclo “Literatura hecha cine” en el marco del evento.

 

Horas después, durante la tarde, la misma pantalla vuelve a iluminarse con imágenes de tejados y azoteas: Mantilla, un barrio del caribe urbano, es el escenario de “Vivir y escribir en la Habana”, un documental de Lucía López Coll sobre la vida del escritor cubano Leonardo Padura y su relación con la ciudad. Al finalizar, una serie de escenas familiares vuelven a proyectarse. Se trata de “Regreso a Ítaca”, 2014, película de ficción dirigida por el francés Laurent Cantet y escrita por el mismo Padura. Una terraza habanera funciona como el ambiente perfecto para desarrollar el conflicto: un grupo de amigos reciben a Amadeo luego de dieciséis años en el extranjero. Lo que sigue es una sucesión de recuerdos y rencores, de reflexiones sobre el fracaso de una generación y sus sueños perdidos.

Padura, que sin duda es uno de los novelistas en español más importantes de los últimos años, visita la sala para comentar junto a Lucía las apreciaciones de la película y el documental. Es el momento propicio para el público, la discusión está servida. El proceso creativo, los rodajes y los cambios de la Habana son los temas principales de una breve charla conducida por la cineasta Martha Clarissa Hernández. El público, en su mayoría cubanos residentes en el país, expresan sus inquietudes. La sala experimenta un ambiente de complicidad. Padura, quien es el escritor cubano más leído fuera de su país, se muestra agradecido por las demostraciones de cariño. Lucía, su compañera de vida, responde a las interrogantes de Martha Clarissa sobre la producción de las obras. La conversación parece gravitar en torno a un único centro: la Habana. El creador del detective Mario Conde recuerda a Vázquez Montalbán y cita: “los novelistas no petenecemos a un país, sino a una ciudad”. La novela negra es la escusa perfecta para describir una realidad social que desborda a la historia. No hay tiempo para más, la agenda del festival apremian al autor. Firma unos cuantos ejemplares del público, fuma un cigarrillo y sube a la furgoneta del transporte. A pocas cuadras lo espera otro conversatorio.  

 

La edición y distribución de nuevas obras representan un reto en la región centroamericana. Un grupo de editores se reúnen en el Instituto de Historia de la UCA para conversar al respecto. Salvadora Navas de la editorial Anamá, Raúl Figueroa de F&G Editores, Guatemala, y Óscar Castillo, Uruk Editores, Costa Rica, discuten los desafíos y compromisos de sus propios proyectos editoriales. La independencia, la libertad, la ética, la memoria y el pensamiento crítico forman parte de sus reflexiones. El consenso es absoluto entre los editores: las dificultades de distribución, los altos costos del transporte y la falta de una verdadera integración cultura entre países, no menoscaba el ímpetu de sus trabajos. En un medio conformado por un número creciente de autores jóvenes, la región representa un mercado en extremo atractivo, se concluye en el conversatorio.

Fruto de este esfuerzo es sin duda la publicación de El meñique del ogro por Uruk Editores, 2017, la más reciente novela del también poeta y ensayista Erick Aguirre. Una obra que, junto a Un sol sobre Managua y Con sangre de hermanos, constituye una suerte de trilogía sobre la ciudad, el fracaso y la muerte. Reunidos en la Embajada de México, Silvia Gianni y el sociólogo Freddy Quezada conversan con el autor. Las apreciaciones críticas se entremezclan con comentarios e inquietudes personales, una charla entre amigos que origina un debate sobre la memoria y los traumas generacionales. Las migraciones, las guerras y la historia nacional en su aparente estado de repetición enriquecen el diálogo. Más allá de las virtudes de su estilo y trama, El meñique del ogro persigue las obsesiones de un autor acosado por sus propios fantasmas. Una novela que ha sido finalista del Premio Herralde 2014, una de las distinciones más importantes de la narrativa en lengua castellana, un reconocimiento que cuenta entre sus ganadores a grandes nombres como Roberto Bolaño y Juan Villoro.

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Anochese. Afuera la ciudad recupera poco a poco la calma. Los oficinistas regresan a sus hogares en medio del caos del tráfico, el transporte público y la lluvia, mientras Managua alberga uno de los eventos culturales más importantes de la región. Un festival que acoge a escritores, guionistas, periodistas y editores en un esfuerzo por integrar a los países a través del relato de sus pequeñas y grandes historias.